“Esta travesía será, a la edad de cuarenta y nueve años, mi primer viaje por mar.”
Así termina Viaje alrededor de mi cráneo, del escritor húngaro Frigyes Karinthy.
Se dice que una de las tareas más complejas que enfrentan los novelistas es la elección de las primeras frases de su obra. De esas líneas iniciales cuelga el anzuelo que morderá el lector para que ya no pueda evadirse del resto de la historia. No es el caso de Karinthy, pues el primer párrafo de su novela equivale poco menos que a un “érase una vez”.
De otro lado, un tumor cerebral y la inminencia de su propia muerte, -o las remotas posibilidades de sobrevivir- se le habrán antojado como suficiente “gancho” para que cualquier lector que se asomase a su relato fuese incapaz de soltar el libro. Y tenía razón: la enfermedad ajena es siempre un poco la nuestra, de la que, hasta el momento de leer, hemos tenido la suerte de escapar. Se trata entonces de un libro cuya lectura requiere, mucho más que otras historias, identificarse con ese narrador que cuenta, con angustiante desparpajo, la inesperada cercanía de la muerte.
La última frase, en cambio, ese primer viaje por mar, cierra el relato con una inesperada carga de simbolismos. No concluye una peripecia, sino que abre la puerta, en simultáneo, a revalorizar la íntima travesía que se acaba de relatar y la esperanza de un futuro que espejea sobre la superficie del agua.
Al cierre de Viaje alrededor de mi cráneo, el mar no es un simple telón de fondo geográfico, sino la culminación de un denso entramado simbólico en el que confluyen la muerte, la vida y la poco usual experiencia de ir narrando, a medida que sucede, una serie de acontecimientos en los que está en riesgo la propia existencia de la voz que narra. Se trata, a la vez, de la conclusión de un viaje físico y de la metáfora del renacimiento.
Terminar el viaje en el mar, cuando se ha pasado unas ciento cincuenta páginas en otro viaje que describe el revoloteo médico alrededor de su cráneo, y el incontrolable devaneo de la propia imaginación enfrentada a lo inescrutable, adquiere un valor simbólico que ni siquiera la metáfora parece poder abarcar en toda su extensión.
Viaje alrededor de mi craneo es un relato de autoficción, pero una autoficción en la que el narrador no parece tener autonomía a la hora de ordenar los hechos que recuerda regidos más por la literatura que por la realidad.
“En el curso de este relato -dice Karinthy- me ha ocurrido más de una vez que quería alterar el orden de mis recuerdos para situar cierto episodio o reflexión uno o dos días antes o después, entre reminiscencias en cuya compañía quedarían más en relieve, se harían más comprensibles o simbólicas. Pero tuve que reconocer a mi pesar que en este relato es imposible desplazar el más pequeño eslabón. Así produce mayor efecto: tal como ocurrió en la realidad, no del modo en que hubiera podido ocurrir.”
Karinthy refuerza de ese modo el carácter biográfico, y por ende auténtico, de lo que cuenta. La realidad no solo es más fuerte que la ficción, sino que parece tener también mejores recursos a la hora de expresarse.
Pero no hay que dejarse engañar. Como buen escritor, y además humorista, Karinthy ha tenido las oportunidades necesarias para llenar su discurso de trampas literarias. En primer lugar, convierte a su narrador en una especie de pícaro que elige marchar a contracorriente de lo que la realidad apunta a demostrar cada vez con más contundencia; infunde, además, su narrativa con un humor mordaz que atenúa el carácter trágico de la experiencia. Si bien el uso del humor es una herramienta de resistencia ante la enfermedad que avanza, es también, y quizás con más fuerza, la marca del escritor que incluso en las peores circunstancias se niega a desaparecer bajo el embate de los acontecimientos. Por eso se burla de los sucesivos diagnósticos que poco a poco lo aproximan a la final contundencia del tumor. Por eso describe sus alucinaciones de un modo que se acerca a las búsquedas de los surrealistas. Por eso no pierde nunca el cinismo a la hora de juzgar a quienes lo rodean, incluyendo a su “esposísima”. Por eso, en fin, fuerza al lector a acompañarlo en ese primer viaje por mar que durará, ahora lo sabemos, escasos dos años antes de encontrarse con la muerte de la que con tanto entusiasmo había escapado antes.
Escritor, doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Iowa, magíster en Literatura Latinoamericana y profesor jubilado de la Universidad del Zulia. Fue galardonado con el Premio Regional de Literatura Jesús Enrique Losada (2000). Asimismo, se hizo acreedor del segundo lugar del concurso Los niños del Mercosur, de la editorial Comunicarte (Argentina, 2007).