Qué bonita desgracia

El cuerpo inerte de un jaguar sobre una lona puede que sea una bella alegoría del fin del mundo, una bonita desgracia.

Desde las primeras páginas, sin que el lector se dé por enterado, y de un modo casi indoloro, Ana Paula Maia deja sentado el carácter apocalíptico de su novela De cada quinientos un alma con ese contundente oximorón: “Qué bonita desgracia.”

¿A quién se le ocurre escribir en estos días una novela con un singular tufillo de cosa antigua, de creencias ancladas en el pasado, indicios del transitar de la humanidad hacia un mundo más racional y sensato?

La pregunta se responde sola: basta una mirada a nuestro tiempo para comprobar la inexistencia de ese mundo racional y sensato. Esa constatación le habrá dado a Ana Paula Maia asidero suficiente para escribir esta novela.

Vivimos en un tiempo en el que lo apocalíptico es cosa cotidiana. La amenaza nuclear, la imparable decadencia del capitalismo, la disgregación social que trae aparejada y la reciente pandemia hacen que la premonición del fin del mundo se convierta en una posibilidad real y además inmediata.

Con respecto a este asunto, Brasil parece ser un inagotable criadero de teorías apocalípticas. El tema tiene allí antecedentes remotos. De hecho, De cada quinientos un alma debe ser leída en una línea de continuidad que se remonta, al menos, hasta la poderosa obra de Euclides Da Cunha, Los sertones, retomada más tarde por Vargas Llosa para escribir La guerra del fin del mundo.

En ambas obras, se reconstruye la figura de Antonio Conselheiro, lider popular cuya lucha reivindicativa adquiere una religiosidad que se reviste de todos los rudimentos del pensamiento apocalíptico. El mundo se divide entre el bien absoluto, que él y los suyos representan, y el mal encarnado en el otro; un otro que no por casualidad incluye al estamento político. El enfrentamiento entre el bien y el mal debe conducir, sin falta, a un cataclismo que marcará el fin del tiempo.

Otro antecedente que resulta de gran utilidad a la hora de entender la propuesta de Ana Paula Maia es el documental Apocalipsis en los trópicos, de la directora Petra Acosta, que aborda la masiva penetración de las iglesias evangélicas en Brasil y el rol que juegan en la balanza política, por medio de la difusión de mensajes milenaristas y de catástrofes a la vuelta de la esquina.

De cada quinientos un alma aporta, como recurso original, la ruptura del dualismo entre el bien y el mal que caracteriza a las teorías apocalípticas. La novelista ha obviado el polo del bien para internarse en la desesperanza absoluta. De hecho, una non sancta trinidad lidera los acontecimientos, que en este relato se orientan, sin ambigüedad, al cataclismo final.

Maia ha elegido para este rol a un sicario que abre la novela cometiendo un asesinato; un ex cura sin méritos aparentes en su historial de pecador; y un recolector de animales muertos con un código moral que no escatima la violencia.

Todos estos personajes migran de una novela a otra de la autora. Tal vez pretenda comunicar, de ese modo, que la decadencia universal encarna en seres que son, a la par, entrañables y distantes, con evidentes rasgos de deshumanización.

Sin embargo, la autora brasileña no deja todo a merced de las fuerzas fatídicas. Un elemento que singulariza este relato es la repetida alusión al poder político, representado en esos soldados que hacen desaparecer o asesinan a los tocados por la peste.

Una ambigüedad que nunca descarta las causas mágico religiosas, pero que, a un tiempo, mantiene la presencia de un poder terrenal que alterna entre ser causa o simple ejecutor de los designios de una no identificada voluntad superior.

O quizás las supuestas causas mágico religiosas no son sino otra manera de nombrar la barbarie contemporánea. Esa que avanza con inaudita velocidad hacia una versión actualizada del fascismo; que apuesta por una sociedad dirigida por tecnócratas; sin pudor alguno por la discriminación y la asignación de roles de servidumbre para las grandes mayorías.

¿Exageración? Es probable, pero cuántas coincidencias entre los migrantes perseguidos de hoy y esos infectados de Ana Paula Maia confinados y marcados con pulseras. Al fin y al cabo, se trata de “un inminente apocalipsis que si no es consumado por la ira de los cielos, inevitablemente será consumado por la ira de los hombres”.

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