Libros del Boom Latinoamericano despiertan curiosidad en estudiantes del liceo Fermín Toro

La curiosidad de jóvenes por conocer nuevas historias a través de la literatura se apreció en estudiantes de bachillerato del liceo Fermín Toro, en Caracas, quienes recibieron libros de la colección “25 para el 25” con autores del Boom Latinoamericano, distribuida por todo el país.

La entrega de textos de la colección en esta unidad educativa se realizó este lunes 9 de febrero y forma parte de la iniciativa para fomentar la lectura en Venezuela promovida por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura (MPPC), a través del Centro Nacional del Libro (Cenal), actualmente vinculada al Programa para la Convivencia Democrática y la Paz del Gobierno nacional.

Durante el acto, el viceministro de Fomento para la Economía Cultural del MPPC y presidente del Cenal, Raúl Cazal, destacó el importante significado de esta entrega de libros gratuitos en un liceo que lleva el nombre de quien es reconocido por escribir la que se considera la primera novela de Venezuela: Los mártires (1842).

El viceministro Cazal invitó a los jóvenes a descubrir nuevas historias en los libros y a intercambiar incluso textos bajo la idea de que los libros deben estar en constante movimiento. “Pueden intercambiar los libros por otros, eso se llama sociabilizar. La idea es que los libros no se queden quietos, y que ustedes tampoco, que siempre estén en movimiento”, sugirió a los jóvenes.

El poema “Sueños” del libro “Los privilegios del olvido” de la poeta, novelista, dramaturga y crítica literaria colombiana Piedad Bonnett, que forma parte de la colección “25 para el 25”, fue recitado por la gerente de Estrategias del Cenal, Yris Villamizar, y la promotora de lectura Martha González, a cargo de una dinámica para cultivar el hábito de leer. Los jóvenes crearon y compartieron textos propios a partir del poema de Bonnett.

La colección surge como iniciativa del FCE de México para promover la lectura en jóvenes latinoamericanos de 15 a 30 años. La distribución en Venezuela está a cargo del MPPC, a través del Cenal y cuenta con el apoyo de Monte Ávila Editores Latinoamericana y Librerías del Sur.

Entre los títulos de la colección “25 para el 25” que se distribuyen en centros educativos, espacios culturales, comunidades y sedes de Librerías del Sur se encuentran Operación Carlota (Cuba en Angola), de Gabriel García Márquez (Colombia); “Cómo tirar de la muerte”, de Juan Gelman (Argentina); “Música Concreta”, de Amparo Dávila (México); “Week-end en Guatemala”, de Miguel Ángel Asturias (Guatemala); “Space invaders”, de Nona Fernández (Chile); “Viento de primavera. Antología poética (1945-1979)”, de Alaíde Foppa (Guatemala); “Réquiem por Teresa”, de Dante Liano (Guatemala); y “Los privilegios del olvido. Antología personal”, de Piedad Bonnett (Colombia).

La batalla en una distopía

La literatura en lengua portuguesa es un misterio por la ínfima difusión y traducción de las ediciones de sus autores. Pareciera que es suficiente con la lectura de los que saltaron a ser clásicos, pero si pensamos en un país como Brasil —que es un subcontinente por su extensión territorial en América—, el desconocimiento es un sin sentido.

En ese panorama, una autora de novelas breves, con una prosa “directa” y sin romanticismos, según la crítica, se ha colado en la literatura brasileña. Se trata de Ana Paula Maia y su más reciente libro es Búfalos salvajes (2024), pero debido a la dificultad de conseguirlo traducido al español, recurrimos a la novela anterior, De cada quinientos un alma (2021).

La pandemia generada por el Covid19 es el tema de la novela sin retratar lo que aconteció en realidad, porque al final de cuentas es literatura. El relato plantea que el virus está en el aire —como se creía con las pestes en el feudalismo— y a través de él se transmite. Pero es más que estar en el aire. Está en la atmósfera, pero ¿qué es lo que está en la atmósfera?

Tres personajes dan la batalla contra o con la muerte. Recolectores de animales muertos en las vías terrestres se convierten en unos investigadores cuando se consiguen con cuerpos humanos que van a ser desaparecidos en un pueblo que ya no existe, lo que sustenta la tesis de que la narrativa latinoamericana no requiere de detectives para ser parte de la literatura negra (Piglia, Battista).

De cada quinientos un alma no es una novela negra, tampoco de aventuras. Tiene el toque de la crónica y de la ciencia ficción, sin que nada de esto mezclado genere nuevas definiciones literarias.

El pasado es un detonante en la narración de Maia y la novela está concebida por actos, en donde cada personaje tiene su tiempo para narrar por qué está en la historia.

Maia plantea que todo está planificado pero nadie se percata. Es invisible para una buena parte de la humanidad. Todo está en la atmósfera o en los planos, en el pasado que está registrado y en el presente que desaparece.

El tema religioso no puede estar a un lado. Desde el título que proviene de una frase de San Juan de la Cruz, hasta las consideraciones iniciales en donde sostiene que “Quien no se soporta a sí mismo entenderá que el infierno no son los otros ni está en las profundidades de los abismos”, para dejar en las palabras del Evangelio según Lucas, capítulo veintiuno, el destino de la humanidad: “Habrá grandes terremotos, epidemias y hambre en varios lugares, cosas espantosas y también grandes señales del cielo”.

Las sagradas escrituras y las no tan sagradas se convierten en vox populi para que la guerra y la muerte se instaure. “Cada hombre cumple su función: los que cuidan de los muertos, los que cuidan de los vivos y los que se dedican a cuestiones bélicas”. La batalla es parte de la historia literaria brasileña, si se toma por referente Los sertones, de Euclides Da Cunha, y La guerra del fin del mundo, del peruano Mario Vargas Llosa.

Ana Paula Maia también trabaja la batalla. Sus dimensiones son menos épicas, pero encomiables en la medida que quiere salvar una parte de la humanidad o tan solo a una población en medio de una distopía.

Lo real es el pasado y el presente es la confusión de lo que no se entiende y se busca en citas bíblicas alguna explicación de la mano de uno de los protagonista, un incrédulo exsacerdote que le recuerda que al tomar una vía u otra de acuerdo a las indicaciones de las rutas, no van en la dirección que habían escogido, ya que el “cartel cambió porque la ruta cambió porque toda la región cambió”.

El aire no desaparece, sin embargo los poblados van desapareciendo con sus habitantes, planificadamente. Todo está escrito en los planos en la medida que se lean de la forma que indique que en el futuro ya no hay existencia alguna. Los propósitos no están explicados, como muchas cosas en la vida.

“En el principio había oscuridad. Tal vez en el final también haya solamente eso”. Ana Paula Maia ha marcado en la literatura lo que, por ejemplo, el emperador de turno ha decidido en este mundo distópico.

Qué bonita desgracia

El cuerpo inerte de un jaguar sobre una lona puede que sea una bella alegoría del fin del mundo, una bonita desgracia.

Desde las primeras páginas, sin que el lector se dé por enterado, y de un modo casi indoloro, Ana Paula Maia deja sentado el carácter apocalíptico de su novela De cada quinientos un alma con ese contundente oximorón: “Qué bonita desgracia.”

¿A quién se le ocurre escribir en estos días una novela con un singular tufillo de cosa antigua, de creencias ancladas en el pasado, indicios del transitar de la humanidad hacia un mundo más racional y sensato?

La pregunta se responde sola: basta una mirada a nuestro tiempo para comprobar la inexistencia de ese mundo racional y sensato. Esa constatación le habrá dado a Ana Paula Maia asidero suficiente para escribir esta novela.

Vivimos en un tiempo en el que lo apocalíptico es cosa cotidiana. La amenaza nuclear, la imparable decadencia del capitalismo, la disgregación social que trae aparejada y la reciente pandemia hacen que la premonición del fin del mundo se convierta en una posibilidad real y además inmediata.

Con respecto a este asunto, Brasil parece ser un inagotable criadero de teorías apocalípticas. El tema tiene allí antecedentes remotos. De hecho, De cada quinientos un alma debe ser leída en una línea de continuidad que se remonta, al menos, hasta la poderosa obra de Euclides Da Cunha, Los sertones, retomada más tarde por Vargas Llosa para escribir La guerra del fin del mundo.

En ambas obras, se reconstruye la figura de Antonio Conselheiro, lider popular cuya lucha reivindicativa adquiere una religiosidad que se reviste de todos los rudimentos del pensamiento apocalíptico. El mundo se divide entre el bien absoluto, que él y los suyos representan, y el mal encarnado en el otro; un otro que no por casualidad incluye al estamento político. El enfrentamiento entre el bien y el mal debe conducir, sin falta, a un cataclismo que marcará el fin del tiempo.

Otro antecedente que resulta de gran utilidad a la hora de entender la propuesta de Ana Paula Maia es el documental Apocalipsis en los trópicos, de la directora Petra Acosta, que aborda la masiva penetración de las iglesias evangélicas en Brasil y el rol que juegan en la balanza política, por medio de la difusión de mensajes milenaristas y de catástrofes a la vuelta de la esquina.

De cada quinientos un alma aporta, como recurso original, la ruptura del dualismo entre el bien y el mal que caracteriza a las teorías apocalípticas. La novelista ha obviado el polo del bien para internarse en la desesperanza absoluta. De hecho, una non sancta trinidad lidera los acontecimientos, que en este relato se orientan, sin ambigüedad, al cataclismo final.

Maia ha elegido para este rol a un sicario que abre la novela cometiendo un asesinato; un ex cura sin méritos aparentes en su historial de pecador; y un recolector de animales muertos con un código moral que no escatima la violencia.

Todos estos personajes migran de una novela a otra de la autora. Tal vez pretenda comunicar, de ese modo, que la decadencia universal encarna en seres que son, a la par, entrañables y distantes, con evidentes rasgos de deshumanización.

Sin embargo, la autora brasileña no deja todo a merced de las fuerzas fatídicas. Un elemento que singulariza este relato es la repetida alusión al poder político, representado en esos soldados que hacen desaparecer o asesinan a los tocados por la peste.

Una ambigüedad que nunca descarta las causas mágico religiosas, pero que, a un tiempo, mantiene la presencia de un poder terrenal que alterna entre ser causa o simple ejecutor de los designios de una no identificada voluntad superior.

O quizás las supuestas causas mágico religiosas no son sino otra manera de nombrar la barbarie contemporánea. Esa que avanza con inaudita velocidad hacia una versión actualizada del fascismo; que apuesta por una sociedad dirigida por tecnócratas; sin pudor alguno por la discriminación y la asignación de roles de servidumbre para las grandes mayorías.

¿Exageración? Es probable, pero cuántas coincidencias entre los migrantes perseguidos de hoy y esos infectados de Ana Paula Maia confinados y marcados con pulseras. Al fin y al cabo, se trata de “un inminente apocalipsis que si no es consumado por la ira de los cielos, inevitablemente será consumado por la ira de los hombres”.