La batalla en una distopía

La literatura en lengua portuguesa es un misterio por la ínfima difusión y traducción de las ediciones de sus autores. Pareciera que es suficiente con la lectura de los que saltaron a ser clásicos, pero si pensamos en un país como Brasil —que es un subcontinente por su extensión territorial en América—, el desconocimiento es un sin sentido.

En ese panorama, una autora de novelas breves, con una prosa “directa” y sin romanticismos, según la crítica, se ha colado en la literatura brasileña. Se trata de Ana Paula Maia y su más reciente libro es Búfalos salvajes (2024), pero debido a la dificultad de conseguirlo traducido al español, recurrimos a la novela anterior, De cada quinientos un alma (2021).

La pandemia generada por el Covid19 es el tema de la novela sin retratar lo que aconteció en realidad, porque al final de cuentas es literatura. El relato plantea que el virus está en el aire —como se creía con las pestes en el feudalismo— y a través de él se transmite. Pero es más que estar en el aire. Está en la atmósfera, pero ¿qué es lo que está en la atmósfera?

Tres personajes dan la batalla contra o con la muerte. Recolectores de animales muertos en las vías terrestres se convierten en unos investigadores cuando se consiguen con cuerpos humanos que van a ser desaparecidos en un pueblo que ya no existe, lo que sustenta la tesis de que la narrativa latinoamericana no requiere de detectives para ser parte de la literatura negra (Piglia, Battista).

De cada quinientos un alma no es una novela negra, tampoco de aventuras. Tiene el toque de la crónica y de la ciencia ficción, sin que nada de esto mezclado genere nuevas definiciones literarias.

El pasado es un detonante en la narración de Maia y la novela está concebida por actos, en donde cada personaje tiene su tiempo para narrar por qué está en la historia.

Maia plantea que todo está planificado pero nadie se percata. Es invisible para una buena parte de la humanidad. Todo está en la atmósfera o en los planos, en el pasado que está registrado y en el presente que desaparece.

El tema religioso no puede estar a un lado. Desde el título que proviene de una frase de San Juan de la Cruz, hasta las consideraciones iniciales en donde sostiene que “Quien no se soporta a sí mismo entenderá que el infierno no son los otros ni está en las profundidades de los abismos”, para dejar en las palabras del Evangelio según Lucas, capítulo veintiuno, el destino de la humanidad: “Habrá grandes terremotos, epidemias y hambre en varios lugares, cosas espantosas y también grandes señales del cielo”.

Las sagradas escrituras y las no tan sagradas se convierten en vox populi para que la guerra y la muerte se instaure. “Cada hombre cumple su función: los que cuidan de los muertos, los que cuidan de los vivos y los que se dedican a cuestiones bélicas”. La batalla es parte de la historia literaria brasileña, si se toma por referente Los sertones, de Euclides Da Cunha, y La guerra del fin del mundo, del peruano Mario Vargas Llosa.

Ana Paula Maia también trabaja la batalla. Sus dimensiones son menos épicas, pero encomiables en la medida que quiere salvar una parte de la humanidad o tan solo a una población en medio de una distopía.

Lo real es el pasado y el presente es la confusión de lo que no se entiende y se busca en citas bíblicas alguna explicación de la mano de uno de los protagonista, un incrédulo exsacerdote que le recuerda que al tomar una vía u otra de acuerdo a las indicaciones de las rutas, no van en la dirección que habían escogido, ya que el “cartel cambió porque la ruta cambió porque toda la región cambió”.

El aire no desaparece, sin embargo los poblados van desapareciendo con sus habitantes, planificadamente. Todo está escrito en los planos en la medida que se lean de la forma que indique que en el futuro ya no hay existencia alguna. Los propósitos no están explicados, como muchas cosas en la vida.

“En el principio había oscuridad. Tal vez en el final también haya solamente eso”. Ana Paula Maia ha marcado en la literatura lo que, por ejemplo, el emperador de turno ha decidido en este mundo distópico.

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