Para Laura Restrepo no Hay Festival

Laura Restrepo, la conocida novelista colombiana, y al menos otros dos escritores se han negado a asistir al Hay Festival para no coincidir allí con María Corina Machado. No han querido, dicho en pocas palabras, compartir con el fascismo.

Ya sabemos que eso de ser apolítico es una falacia, pero en el caso de los escritores declararse neutral es doblemente falso.

Cuentan que alguien le preguntó a Jorge Luis Borges qué pensaba de la literatura comprometida.

—Pues que se case —-dicen que respondió.

Sea cierta o falsa la anécdota, lo cierto es que no se habla mucho en estos días de ese asunto de la literatura y su compromiso social. Lo que en otros tiempos fue una discusión que involucró a escritores de la talla de Charles Dickens, Jean Paul Sartre y Bertolt Brecht, por solo nombrar a tres, se subsume en nuestro tiempo en la apuesta individual de cada escritor, sin que se genere con ello directriz o teoría alguna.

Puede afirmarse, sin embargo, que el compromiso social del escritor sigue siendo una fuerza activa en la literatura, aunque ya no se considere  un hecho ineludible en la obra literaria. En esencia, se refleja con ese postulado la convicción de que la palabra escrita puede ser un espacio de resistencia y transformación, al vincular lo artístico con la responsabilidad hacia todo el género humano.

Pero, si todo lo anterior se refiere a la obra escrita, ¿qué sucede con el escritor como ente social?

Ese es otro asunto.

Y aquí entra el tema central de esta nota, la negativa de Laura Restrepo a asistir al Hay Festival, en Cartagena de Indias, en rechazo a la presencia  de María Corina Machado.

Con un poco de buena voluntad uno puede creerles a los organizadores del Festival el propósito de ser una especie de terreno neutral para la discusión de ideas y posturas ideológicas.

Con buena voluntad, digo, porque, como respuesta a una consulta, dos sitios diferentes de inteligencia artificial se vieron en riesgo de quemar chips y fusibles para identificar, de entre los casi doscientos invitados a la edición de este año, un grupo de no más de seis participantes quienes, por sus declaraciones y actuaciones públicas, pudieron ser identificados como de izquierda.

Pero dado que quien esto escribe está convencido de que la Inteligencia artificial es bastante ignorante y tiene una manifiesta inclinación a errar y a mentir, vale la pena intentar valorar la neutral postura política de los organizadores del Hay Festival de otro modo.

Según  el programa del evento, que ya se puede consultar en internet, la señora Machado, de quien inocentemente se  dice que está “liderando el movimiento democrático” en Venezuela,

 participará “en forma digital” en una conversación con ese epítome del equilibrio periodístico y hombre sin posiciones tomadas que se llama Moisés Naím. A esa conversación seguirá —copio textualmente— “un debate de 40 minutos sobre la situación actual de Venezuela y en la región y sus posibles escenarios futuros, con la participación de: Luz Mely Reyes, Javier Lafuente y otros periodistas claves conocedores de la realidad del país. El debate será moderado por Moisés Naím.”

Reyes es la directora de Efecto Cocuyo, un informativo digital abiertamente opositor, y Lafuente trabaja en ese ejemplo de periodismo imparcial que es El País de España.

La propia escritora colombiana, cuestionando la supuesta neutralidad del festival, informó que  la intervención de la señora Machado se titularía “La voz de la esperanza”.

Y uno se pregunta: ¿debate? ¿Esa cosa que  el diccionario dice que es igual a controversia, polémica, discusión y disputa? ¿Con quien debatirá esa gente, que en el mejor de los casos se esforzará por usar diferentes palabras para expresar lo mismo en contra de Venezuela? ¿Quien encarna en ese panel la voz discordante capaz de aportar otra perspectiva?

Francamente, no creo que Laura Restrepo necesitara comprobar hasta dónde es falsa la supuesta neutralidad del Hay Festival para tomar la decisión de no asistir.

Para una escritora cuyo compromiso político se manifiesta con igual fuerza en su obra literaria y su trayectoria personal, era suficiente con sopesar, en su justa dimensión, los recurrentes llamados de la señora Machado a la intervención militar extranjera en su propio país que, dolorosamente, se concretó a escasas dos semanas de su decisión de no asistir a Cartagena.

Primer viaje por mar

“Esta travesía será, a la edad de cuarenta y nueve años, mi primer viaje por mar.”

Así termina Viaje alrededor de mi cráneo, del escritor húngaro Frigyes Karinthy.

Se dice que una de las tareas más complejas que enfrentan los novelistas es la elección de las primeras frases de su obra. De esas líneas iniciales cuelga el anzuelo que morderá el lector para que ya no pueda evadirse del resto de la historia. No es el caso de Karinthy, pues el primer párrafo de su novela equivale poco menos que a un “érase una vez”.

De otro lado, un tumor cerebral y la inminencia de su propia muerte, -o las remotas posibilidades de sobrevivir- se le habrán antojado como suficiente “gancho” para que cualquier lector que se asomase a su relato fuese incapaz de soltar el libro. Y tenía razón: la enfermedad ajena es siempre un poco la nuestra, de la que, hasta el momento de leer, hemos tenido la suerte de escapar. Se trata entonces de un libro cuya lectura requiere, mucho más que otras historias, identificarse con ese narrador que cuenta, con angustiante desparpajo, la inesperada cercanía de la muerte.

La última frase, en cambio, ese primer viaje por mar, cierra el relato con una inesperada carga de simbolismos. No concluye una peripecia, sino que abre la puerta, en simultáneo, a revalorizar la íntima travesía que se acaba de relatar y la esperanza de un futuro que espejea sobre la superficie del agua.

Al cierre de Viaje alrededor de mi cráneo, el mar no es un simple telón de fondo geográfico, sino la culminación de un denso entramado simbólico en el que confluyen la muerte, la vida y la poco usual experiencia de ir narrando, a medida que sucede, una serie de acontecimientos en los que está en riesgo la propia existencia de la voz que narra. Se trata, a la vez, de la conclusión de un viaje físico y de la metáfora del renacimiento.

Terminar el viaje en el mar, cuando se ha pasado unas ciento cincuenta páginas en otro viaje que describe el revoloteo médico alrededor de su cráneo, y el incontrolable devaneo de la propia imaginación enfrentada a lo inescrutable, adquiere un valor simbólico que ni siquiera la metáfora parece poder abarcar en toda su extensión.

Viaje alrededor de mi craneo es un relato de autoficción, pero una autoficción en la que el narrador no parece tener autonomía a la hora de ordenar los hechos que recuerda regidos más por la literatura que por la realidad.

“En el curso de este relato -dice Karinthy- me ha ocurrido más de una vez que quería alterar el orden de mis recuerdos para situar cierto episodio o reflexión uno o dos días antes o después, entre reminiscencias en cuya compañía quedarían más en relieve, se harían más comprensibles o simbólicas. Pero tuve que reconocer a mi pesar que en este relato es imposible desplazar el más pequeño eslabón. Así produce mayor efecto: tal como ocurrió en la realidad, no del modo en que hubiera podido ocurrir.”

Karinthy refuerza de ese modo el carácter biográfico, y por ende auténtico, de lo que cuenta. La realidad no solo es más fuerte que la ficción, sino que parece tener también mejores recursos a la hora de expresarse.

Pero no hay que dejarse engañar. Como buen escritor, y además humorista, Karinthy ha tenido las oportunidades necesarias para llenar su discurso de trampas literarias. En primer lugar, convierte a su narrador en una especie de pícaro que elige marchar a contracorriente de lo que la realidad apunta a demostrar cada vez con más contundencia; infunde, además, su narrativa con un humor mordaz que atenúa el carácter trágico de la experiencia. Si bien el uso del humor es una herramienta de resistencia ante la enfermedad que avanza, es también, y quizás con más fuerza, la marca del escritor que incluso en las peores circunstancias se niega a desaparecer bajo el embate de los acontecimientos. Por eso se burla de los sucesivos diagnósticos que poco a poco lo aproximan a la final contundencia del tumor. Por eso describe sus alucinaciones de un modo que se acerca a las búsquedas de los surrealistas. Por eso no pierde nunca el cinismo a la hora de juzgar a quienes lo rodean, incluyendo a su “esposísima”. Por eso, en fin, fuerza al lector a acompañarlo en ese primer viaje por mar que durará, ahora lo sabemos, escasos dos años antes de encontrarse con la muerte de la que con tanto entusiasmo había escapado antes.

La autoficción como norma

Escribir con regularidad sobre novelas, como hacemos en A cuatro manos, permite identificar algunos rasgos que permiten agrupar un conjunto de obras bajo un mismo paraguas conceptual. Uno de los más llamativos es la proliferación de narraciones en las que la voz que cuenta, el personaje principal, o ambos a la vez, es un escritor.

Este patrón parece apuntar a un cambio en los modos de narrar y de leer en la narrativa actual, y la frecuencia con la que aparece lo convierte en un signo característico de la novela contempóranea.

En El placer del texto, Roland Barthes distingue entre “texto legible” y “texto escribible”. No se trata de una oposición sobre la escritura en sí, sino sobre dos modos distintos de lectura. El texto legible genera un lector pasivo, que disfruta la obra sin cuestionar su contenido ni los mecanismos de su construcción. En cambio, el texto escribible demanda un lector activo, que reescribe el texto mientras lo lee y se interroga, a un tiempo, sobre los eventos narrados y sobre la arquitectura literaria que los sostiene.

La proliferación de novelas protagonizadas por escritores es un síntoma de esta búsqueda del lector activo. El concepto de autoficción, ese género híbrido que mezcla sin previo aviso lo autobiográfico y lo imaginado, explica una parte sustancial del fenómeno. En Huaco retrato, de Gabriela Wiener, la exploración personal de la narradora sobre su herencia colonial y su identidad no solo interesa al lector, sino que lo involucra hasta el punto de sacudir certezas cotidianas.

Una operación similar realiza Maryse Condé en Victoire, la madre de mi madre. Allí la escritora no solo narra la vida de su abuela, sino que incluye en el relato las huellas de su propio proceso de investigación, exponiendo las herramientas documentales que le son útiles para la reconstrucción histórica y familiar.

Sin embargo, la presencia de un personaje escritor no siempre equivale a autoficción. Paul Auster fue un maestro en la creación de una ambigüedad deliberada. En sus novelas, el narrador suele ser un escritor que compone su relato en paralelo al desarrollo de la trama. Auster eludía la asociación biográfica directa con un argumento sutil: afirmaba que su verdadero interés no era contar su vida, sino utilizar la experiencia que mejor conocía, su propia vida, para explorar la sensación universal de estar vivo. Así, el lector no ingresa a la biografía de Paul Auster, sino que, a través de ella, termina reconociendo fragmentos de su propia existencia.

Esta estrategia del narrador-escritor aparece en un número significativo de las obras reseñadas en A cuatro manos. En El mapeador de ausencias, de Mia Couto, el protagonista es un escritor que reconstruye una memoria colectiva a partir de fragmentos de información heredados, convirtiendo la escritura en un acto de reparación histórica.

Por su parte, Guillermo Martínez, en La última vez, elige como protagonista a un joven y brillante crítico literario, cuya contraparte es un escritor moribundo que espera de ese lector excepcional que descubra en su obra lo que nadie más ha logrado ver.

En Perdidos, de Sergio Bizzio, la figura del escritor se distorsiona: el narrador escribe una extensa carta a un monarca lejano cuya existencia misma se difumina, dejando al lector en la incertidumbre sobre el destinatario real del relato y, por extensión, sobre el propósito último de la escritura.

No obstante, la recurrencia de tal estrategia conlleva un riesgo inherente. La figura del personaje-escritor termina por sorprender, y no siempre positivamente, por su proliferación, más allá de la calidad de la novela en cuestión.

No hay dudas de que estamos frente a un cambio de rol del novelista, quien ya no parece contemplar la necesidad de ocultarse bajo el artificio de aquella tercera persona que creaba la ilusión de una objetividad a todas luces falsa.

 El problema podría estar en que el pacto de complicidad que invita a una lectura activa y metaficcional puede volverse previsible. La promesa inicial de un “texto escribible”, que ofrecía la emoción de descifrar capas de significado y de colaborar en la construcción del sentido, se desgasta si el mecanismo se repite de una novela a otra. El lector, entonces, pasa de ser un cómplice entusiasta a un espectador que reconoce una fórmula, una estrategia retórica que ya no sorprende.

Un jardín de las delicias con asado

Si se mira con detenimiento El jardín de las delicias, de Hieronymus Bosch, El Bosco, se tendrá un buen punto de partida para abordar la novela Arderá el viento, del argentino Guillermo Saccomano.

La asociación es pertinente, antes que nada, porque Arderá el viento es una novela que tiende, con toda intención, a lo visual y lo escénico. Sus breves fragmentos bien pueden asociarse con las escenas de una producción fílmica, como lo afirma Saccomano en una entrevista. En ella todo invita a imaginarla sobre un escenario.

Tan clara es esta relación con lo escénico que en algún momento el narrador asume la voz de ese espectador molesto que, desde un asiento vecino al nuestro, cuenta por adelantado lo que está por suceder en la película: “Esta es la parte en que la mujer del malvado lo traiciona y encuentra las pruebas para que la Justicia lo condene. Y acá se suspende el capítulo de la miniserie de esta noche en que Dante piensa que las historias turbias de la Villa podrían ser funcionales para la construcción de una miniserie donde los personajes se conectan, como en la vida real, a través del sexo, la ambición, el crimen.”

Los indicios de esa vocación por lo visual abundan. El primer fragmento de la novela, por ejemplo, contiene una especie de dramatis personae, como suele aparecer en las obras de teatro; o, mejor aún, un casting, como se deja establecido en el propio texto.

La asociación con El Bosco tiene sentido también si se inquiere por el lado de la anécdota. Cierto que la novela no se presta para ser equiparada formalmente con un tríptico, pero no es menos cierto que hay en ella una evidente progresión que va de lo paradisíaco a lo infernal, con un largo intermedio de placer y lujuria, tal cual en El jardín de las delicias.

La particular familia, de aparente orígen hungaro, sobre la que se centra la historia, ha llegado a ese sitio porque sus miembros lo conciben como un “paraíso ario”, sin que importe el hecho de que finalmente termine siendo “el paraíso de los negocios sucios”.

 Tampoco es mera coincidencia que el desarrollo inmobiliario, que unos sospechosos empresarios mexicanos pretenden construir, esté destinado a llamarse Paradise Harbor.

De ese inicial paraíso se pasa a la estancia más larga de la novela, que está dedicada al placer. Moni, el personaje femenino alrededor de quien se teje toda la historia y alrededor de quien se desenvuelve el resto de los personajes, está marcada por la lujuria, la real y la otra, la imaginada, que ella trata con ahínco de representar en un finalmente fallido proyecto de novela.

Tomada de una personal ninfomanía, Saccomano ha creado a Moni como un personaje que no deja títere con cabeza a la hora de poner en acción sus dotes de cama. Una mujer seductora, real y figuradamente, para quien el sexo es, a la vez, instrumento de placer, de aprovechamiento y, por ende, de corrupción.

Y en esto de la corrupción Saccomano ha alcanzado, de manera magistral, el desideratum de toda obra artística de ir de lo particular a lo universal. Con toda certeza, el primer pensamiento que viene a la mente del lector, a medida que se adentra en la novela, es aquello de “pueblo pequeño, infierno grande”; pues no hay manera de reducir semejante ruindad colectiva a un aislado rincón del mundo. Ese conjunto de personajes y sus degradadas peripecias son un reflejo inevitable de una humanidad que ha perdido toda orientación moral. No hay un solo personaje, a lo largo de la historia, que merezca, de algún modo, la piedad del lector.

Arderá el viento de Guillermo Saccomanno consuma la alegoría moral de El Bosco. La novela traza la aparatosa decadencia de una sociedad empujada por la líbido y la corrupción hacia un verdadero infierno terrenal.

Un infierno con un omnipresente tufillo nazi, nada extraño, por cierto, a la experiencia histórica de Argentina como refugio de personeros del tercer Reich.

Quienes consideran la Villa un paraíso ario son quienes están presentes “en el momento en que la radio anuncia el final de un año y el comienzo de otro se alzan los aplausos, los gritos alegres y las copas desbordantes mientras los invitados entonan el himno compuesto por Joseph Haydn: Deutschland über Alles.” De fragmento en fragmento, Saccomano ha construido este llamativo concierto de la maldad que lentamente marcha hacia un proceso de purificación colectiva cuya violencia bien puede asimilarse al infernal último panel del tríptico de El Bosco.

Bolívar íntimo y cotidiano

Un buen historiador se apega a los documentos disponibles e intenta interpretar los hechos con objetividad, hasta donde tal objetividad es posible. Puede decirse que Sergio Guerra Vilaboy ha logrado reconstruir a Simón Bolívar con un grado de objetividad reconocible hasta por quienes no transitamos con frecuencia los caminos de la historia, al menos no de esa que se quiere científica y, por ende, rigurosa; pero lo ha hecho, además, de un modo que permite al lector acompañar al prócer desde su propia subjetividad, desde una sensibilidad personal a la que solo solemos tener acceso a través de obras de ficción.

Quienquiera que haya deseado encontrarse con un Bolívar humanamente atormentado por sus propias carencias, contradicciones y errores, o consciente de su genialidad, podrá darse por satisfecho con este trabajo del historiador cubano. Guerra Vilaboy ha sabido, además, combinar un impresionante número de fuentes documentales con una prosa elegante y accesible.

Quizás el aspecto más interesante de este libro es la presentación de un Bolívar en desarrollo; uno cuyo pensamiento político madura  a medida que comprende, cada vez con más profundidad, la problemática latinoamericana y el carácter de clases que   debía tomar la guerra de independencia. 

Se trata de un Bolívar íntimo con el que nos relacionamos más allá de sus hazañas militares, que tanto contribuyeron a dotarlo de un halo de héroe invencible. Por el contrario, este es un Bolívar de quien no se ocultan las derrotas y los contratiempos .

Sabemos de la progresión de su pensamiento político; desde el jóven mantuano que inicialmentepiensa que los reveses de la lucha independentista se debían a las ambiciones de ciertos personajes, es decir, a causas ligadas solo al individuo y al individualismo, hasta ese otro que poco a poco tomaconciencia del carácter clasista del proceso y se acerca cada vez más a las castas que el mantuanaje consideraba inferiores y sin rol alguno en la causa por la independencia.  A medida que madura su pensamiento político, crece su convicción en el papel que deben jugar  todos los oprimidos cómo única vía para llegar a la constitución de la República tal y como ya era capaz de imaginarla.

Se construye así, poco a poco, la dimensión humana de Bolívar a medida que su aprendizaje político se nutre de no pocas derrotas. Un Bolívar alejado de la figura de superhéroe con la que se le acostumbra representar. De este Bolívar conocemos de reiteradas lecturas erróneas de la realidad, de decisiones destinadas al fracaso y del estado de postración anímica producto de esos fracasos.

Al tiempos que desarrollaba y avanzaba sus propias concepciones de la sociedad y de la república desde una visión conservadora mantuana hacia una visión mucho más liberal y revolucionaria,  Bolívar se vio obligado a enfrentar, a un tiempo,  las tendencias retrógradas dentro del movimiento republicano y  las visiones más idealistas y menos pragmáticas que igualmente frenaban su proyecto independentista y unionista. Esas repúblicas aéreas que le hicieron decir: “tuvimos filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica y sofistas por soldados”.

Un aporte nuclear de Guerra Vilaboy es la claridad con la que expone el intento repetido en el tiempo, de parte del Libertador, de abolir la esclavitud. Este solo hecho demuestra hasta qué punto Bolívar tuvo que enfrentar una oligarquía reaccionaria que se propuso desde el primer momento sabotear su esfuerzo democratizador y defender unos privilegios que nunca estuvieron dispuestos a poner en juego.

Así, pues, al Bolívar que, según su propia sentencia, aró en el mar, con quien nos habíamos familiarizado por medio de novelas como El General en su laberinto, de García Márquez, o Todo llevará su nombre, de Fermín Goñi, Sergio Guerra Vilaboy añade esta representación del prócer que,  si bien sólidamente documentada, no difiere en mucho de ese otro Bolívar que, ya cercano a la muerte, ve derrumbarse en buena parte el edificio que había intentado construir a lo largo de años de una guerra sangrienta contra los españoles y de un enfrentamiento que no cesó en momento alguno, contra las oligarquías criollas y contra los traidores que defendieron los privilegios de aquellas.

Un libro riguroso, bien escrito y dolorosamente realista en la imagen que proyecta del Libertador.

Muertos que gozan de buena salud

Llama la atención, cuando se lee No es un río, que a estas alturas nadie con aspiraciones de psicoanalista haya establecido alguna relación entre el nombre de su autora y el ambiente en el que se desenvuelven sus novelas. Nativa de la región del Paraná, en Argentina, Selva Almada parece hacerle honor a su nombre en novelas en las que, literalmente, la selva, o mejor la naturaleza, tiene alma, una, además, llena de violencia.

Una violencia, por cierto, que solemos asociar más con escritores y personajes masculinos. Evidentemente, Selva Almada ha sabido sortear ese obstáculo con tal maestría que puede decirse que  No es un rio es una novela que habla fuerte con voz de varón. Una voz tomada del lenguaje popular circundante y que ella ha sabido trasvasar a su escritura.

Dotar sus obras del tono, e incluso del espíritu, del discurso oral ha sido, por siglos, una aspiración de los novelistas cumplida siempre a medias. Almada lo ensaya en su obra y puede decirse que llega lejos en el intento.

De haber leído No es un río, Walter Ong bien habría podido sustentar con este texto sus hipótesis acerca de la oralidad. Los personajes de Almada, por ejemplo, son rústicos, primitivos, con una organización de la realidad que se queda en lo elemental y lo aparente; tal como lo hubiera querido Ong para que se cumpliese su propuesta según la cual la oralidad es el estado original de la humanidad; que es aditiva y redundante, y con una interacción fluida entre el que habla y el que oye.

No en balde, los personajes de No es un rio exhiben un pensamiento concreto, incluso cuando aluden a eventos o personajes fantásticos o sobrenaturales. Un pensamiento que se expresa en oraciones que sorprenden por su brevedad, y en cuyos diálogos se reitera la forma verbal “dice” para marcar el cambio de roles entre el emisor y el receptor.

El tono oral introduce un mundo marcado, al menos en apariencia, por  la simplicidad. Una vida en pequeño, reducida a un conjunto de actos comunes e intrascendentes: pescar, beber, regresar a lo mismo una y otra vez.

En No es un rio resuena con fuerza un ruralismo cultivado al detalle por la novela latinoamericana desde sus inicios hasta bastante entrado el siglo XX. Puede ser rastreado desde el eco americano del  Romanticismo, pasando por la novela de la tierra, hasta los cuentos de autores como Horacio Quiroga.

Selva Almada recrea a su manera la naturaleza animada de esos textos, pero no insiste en la creación de personajes que por su visión del mundo o por su vida interior compitan con esa naturaleza omnímoda.

Desde el título mismo, sabemos que el rio no es un simple accidente geográfico. Todo en la novela, cuando se alude a la naturaleza, se orienta a dotarla de vida, poder y  magia. Sucede con el rio, sucede con el bosque y se muestra también en la percepción que los personajes tienen del entorno. No es casualidad que toda la peripecia que se narra tenga origen en algo tan simple como una raya pescada y luego desechada, pero es que en esta novela no hay nada que sea genérico. El rio “no es un rio, es ese rio”; y no es una raya, “es esta raya”. La individualización de cada elemento natural apunta a la búsqueda de una esencialidad que se carga de simbolismos, de valores culturales e incluso de magia.  Así, pues, la raya es  “una novia en la profundidad sin luz. Echada en el limo o planeando con sus tules, magnolia del agua”.

Almada juega con niveles de percepción de la realidad en los que no hay nada seguro, salvo la llaneza con la que se introducen al relato eventos y personajes de quienes no puede afirmarse siquiera si están vivos o muertos. Frente a eso, sorprende la normalidad con la que el resto de personajes vive -no piensa, no analiza- la presencia de, por ejemplo, esas dos hermanas de quienes sospechamos que están muertas, al menos durante la mitad de la novela, aunque no haya certeza posible.

Con una prosa de raigambre oral que dota de vida y simbolismo a cada elemento, Selva Almada aporta al cauce de  la literatura latinoamericana al fusionar un ruralismo atávico con una oralidad visceral que desafía géneros y expectativas. No es un río construye un universo donde el entorno es un personaje omnipotente y la frontera entre lo real y lo sobrenatural se desvanece sin aviso;  todo en una atmósfera donde lo mágico impregna la realidad y la selva palpita con una carga sagrada y animista.

Poliamor y otras trampas de la vida 

No es fácil escribir eso que llaman autoficción. Al convertirse a sí mismo en personaje de sus relatos, el autor ha de ser capaz decontar unas experiencias que se asemejen poco al existir cotidianodel resto de la humanidad; de no ser así, entonces debería podercrear,  a punta de lenguaje, una atmósfera tan seductora que, al contarnos su rutina, parezca como si nos estuviese contando la más extraordinaria de las aventuras.

En la obra de Gabriela Wiener no todo es puro recurso narrativo. Lo que cuenta de su vida se compone de tantos elementos  alejados de la aburrida cotidianidad del resto de los mortales, que terminan por convertirla en una verdadera épica del vivir. La escritora peruana domina, además, un lenguaje incisivo que, sin dejar de hablar de ella misma, desafía continuamente al lector porel desparpajo con el que narra eventos que rara vez asociamos con lo normal.

Desde  que empezó a usarse el término autoficción, quedó establecido que se trata de un texto a mitad de camino entre la ficción y la autobiografía. La trampa consiste en que no sepamos nunca dónde termina lo autobiográfico y dónde comienza lo ficticio. Y si es cierto que las actuales tecnologías de la información  permiten constatar en segundos si lo que se narra en el texto tiene poca o mucha relación con la vida del autor, no es menos cierto que solo estaremos seguros  de la coincidencia del hecho en bruto, jamás de los detalles que integran sureconstrucción narrativa.

Así, pues, Gabriela Wiener ha hecho de la escritura un inacabado proceso de reconstrucción de sí misma. En Huaco retrato, sin perder continuidad con su obra anterior, despliega tres puntos de interés que afianzan la novela: clarificar su relación con un ancestro que le ha legado el apellido; discutir su concepción del amor, el sexo y la familia; y exponer el racismo en su Perú natal yel al parecer inmortal racismo de la sociedad española hacia los latinoamericanos. Aquí racismo no es un vestigio del pasado, sino una fuerza viva que encarna en la figura de Charles Wiener.

Como narradora y protagonista, Gabriela Wiener emprende un viaje introspectivo que la lleva a confrontar su herencia mestiza, entre raíces indígenas peruanas y europeas. Esta exploración no es lineal; es un proceso tumultuoso que refleja la fragmentación de la identidad en un mundo postcolonial.

Aquí entra en juego Charles Wiener, el tatarabuelo austríaco de quien lleva el apellido y con quien a lo largo del relato establece una relación conflictiva que se mueve entre la denuncia y la identificación. Un arqueólogo responsable, en buena parte, del título de la novela. En ese estilo que se balancea entre la ficción, la autobiografía y no pocas veces el ensayo, Gabriela Wiener explica que “Un huaco retrato es la foto carnet prehispánica. La imagen de un rostro indígena tan realista que asomarnos a verlo es para muchos como mirarnos en el espejo roto de los siglos.” Esos huacos son también la causa de que a Charles Wiener se le evoque como un símbolo del colonialismo: un hombre blanco que “descubrió” y se apropió de piezas de cerámicas precolombinas para llevarlos a Europa. 

Al citar profusamente la obra de Charles Wiener, la novelista descubre, de un lado, que su alarde científico  está teñido de racismo, pero paralelamente se acerca al ser humano desde una perspectiva íntima al desentrañar la manera como aquél se involucraba personalmente en sus escritos supuestamente dotados de objetividad científica. “Si hubiera vivido en el siglo XXI lo habrían acusado de lo peor de lo que puede acusarse hoy a un escritor: de hacer autoficción. (…) No puedo evitar sentirme identificada con su forma atroz de intervenir en la realidad cuando la realidad falla y de hacer de su experiencia la medida de todo.” 

De este modo la novelista  desvela su concepción de la literatura e inicia un proceso de fusión de personajes y eventos que hasta ese momento parecían ser compartimientos estancos en el universo del relato.

Esa fusión se consolida en la descripción de la vida íntima de la voz que narra y especialmente en la discusión acerca del poliamor, otro pilar temático que se presenta en Huaco Retrato, al parecer,como una forma de liberación que contrasta con las opresiones del racismo y el colonialismo. Solo que esa supuesta liberación no escapa del furor de la voz narradora, esencialmente insatisfecha como el acto mismo de vivir.

Su majestad el Otro

La impresión que se tiene, al leer Perdidos de Sergio Bizzio, es la de un deja vu. La novela se pasea por un escenario familiar, las peripecias de los conquistadores en un paisaje hostil habitado por indígenas de quienes solo esperan violencia y muerte.

Un relato de raíces que se hunden en las cartas de los cronistas de indias y que luego se bifurcan en un número notable de novelas históricas que aprovechan lo exótico y la abundante crueldad de la que estuvo plagada la conquista.

Baste con aludir al periplo del Tirano Aguirre, recogido por un número importante de escritores, entre quienes se cuentan Ramón J. Sender, Abel Posse, Arturo Uslar Pietri y Miguel Otero Silva.

La diferencia esencial entre esas las novelas y Perdidos de Sergio Bizzio parecería ser que en esta última falte el carácter mesiánico del que están imbuidos los seres que pueblan las crónicas de indias y los relatos posteriores. Ese mesianismo se concreta en la propuesta evangelizadora, en una supuesta misión civilizadora o, en el peor de los casos, en el ansiado descubrimiento de El Dorado.

En Bizzio, por el contrario, la derrota viste a sus personajes desde las primeras líneas. Se trata de seres inmersos en un caos que no han provocado y del cual, en cierta forma, tampoco son conscientes.

En realidad, de la época de la conquista, Bizzio solo usa el escenario para representar allí un drama humano que se ajusta sin grandes contratiempos a otros momentos históricos, en especial, como era de esperar, al nuestro.

Para lograrlo, el novelista apela a dos recursos que permean todo el relato, el humor y la incomunicación.

El humor reside sobre todo en la ironía con la que se tratan eventos que de otro modo resultarían de gran dramatismo. Un humor que surge de la incongruencia y el desconcierto de esos europeos perdidos en un territorio extraño, enfrentados a realidades y costumbres que no comprenden, y de la torpeza con la que intentan comunicarse con los indígenas.

Otra vertiente en el uso del humor se encuentra en la presencia del elemento sexual; algo que en las crónicas de indias se suele abordar desde una perspectiva moralizante y en las novelas históricas dedicadas a la conquista con un carácter serio y ligado al proceso social del mestizaje.

Para desacralizar una empresa que ha permeado una cantidad inmensa de páginas, Sergio Bizzio parece usar en esa obra el molde de la novela picaresca. No son pocos los elementos que concuerdan con esta hipótesis. El narrador en primera persona, por ejemplo, exhibe una visión limitada sobre los acontecimientos, que se narran episódicamente, como compartimientos estancos; y está acompañado, además, por una camarilla que hubiera envidiado el propio Lazarillo de Tormes: “Ruis era invertido. Villena había matado a un familiar, padre o hermano. Longo (…) carecía de testículos. Martínez era fraile (…) obsecuente y débil de carácter. Yo tenía nueve hijos y había huido de una miseria casi tan grande como la de ahora.”

La introducción de temas escabrosos acerca aun más la novela a ese compendio de marginales y excluidos que fue la novela picaresca.

La homosexualidad, por ejemplo, sirve para degradar cualquier asomo de magnificencia en los hechos narrados: “Eximo a Su Majestad, si es que me ha seguido hasta aquí, de todo comentario sobre la vulgaridad que desplegaban aquellos veinte marineros durante la noche, al cabo de la jornada de trabajo.”

Al igual que en la picaresca, el narrador de Perdidos habla desde un tiempo posterior a los sucesos que cuenta. En este contar en la distancia reside una de las estratagemas más llamativas de esta novela. El relato se dirige, a Su Majestad, al igual que solían hacerlo los cronistas de indias. Sin embargo, esa majestad a la que se alude al final de la novela no parece ser la misma que al inicio del relato autoriza el zarpe de las naves. Esta última majestad se nombra siempre asociada con el acto de leer la crónica que emite el narrador, y no tendríamos dudas de quien se trata si no fuese porque inesperadamente, ese mismo narrador, da un salto mortal en el tiempo para situarse en el presente: “Ante ese espectáculo sentí lo mismo que había sentido tantas veces frente al televisor; lo apagaba porque había un tipo que no paraba de hablar y siete horas después lo prendía de nuevo y el tipo seguía ahí.”

Visto así, Su Majestad ya no vive en la España de finales del siglo XV, sino en ese su majestad lector contemporáneo que alcanza a conocer la televisión.

Petróleo, la voz oscura de fondo

El petróleo fluye bajo cada párrafo de Voces de fondo, de María Elvira González Llovera. Para aclarar desde el principio por donde va el cuento, el mene aparece ya en el epígrafe de la novela, mancha de negro no pocas de sus páginas, y queda claro, antes de terminar, que es causa última de los eventos que en ella se cuentan.

La autora se ha propuesto unificar dos sucesos claves del siglo XX venezolano. Dos acontecimientos que, si se juzgan por las tendencias políticas en ellos involucradas, podrían verse como separados y casi que opuestos en sus motivaciones: uno, el golpe de estado contra Isaías Médina Angarita, en 1945; el otro, el ejecutado contra Rómulo Gallegos, en 1948. Voces de fondo, en cambio, unifica ambos sucesos y construye una historia impulsada por la capacidad combustible del petróleo.

El mene, pues, ocupa un lugar central en las páginas de esta novela; es el poder en la sombra que todo lo decide y cuya presencia la narradora actualiza periódicamente para recordarle al lector que las peripecias de los personajes, sean épicas o cotidianas, son siempre alentadas por ese motor oscuro que aparece y desaparece, como la cabeza de un nadador en aguas turbulentas.

Novelar la historia es asunto serio. Centenares de páginas se han escrito sobre cómo incorporar los hechos del pasado a la novela, de modo que el resultado no sea un recuento light de lo ya dicho en los textos de historia.

 Si la ciencia histórica tiende cada vez más a la objetividad, tiene sentido esperar que la novela, por el contrario, reconstruya la parte humana, subjetiva del momento temporal en el que ocurren los eventos.

Interactuar de forma verosímil con las figuras del pasado es el gran desafío del escritor de novelas históricas. Hacer posible que esas figuras, usualmente idealizadas por la historiografía, desciendan del Olimpo y se contaminen de las más básicas pasiones humanas.

 González Llovera lo logra en especial con Carlos Delgado Chalbaud y no por mera coincidencia.

Al igual que lo hace el petróleo, y dada su participación en ambos eventos, Chalbaud unifica los dos grandes acontecimientos narrados en la novela, es decir, los dos golpes de estado sucedidos en apenas tres años.

Chalbaud es, de hecho, el único personaje histórico que la novelista alcanza a recrear en toda su múltiple y contradictoria dimensión humana. Un personaje sumido en el dilema de un estadista y, a un tiempo, en el drama del más corriente de los ciudadanos. Un ser que se debate entre mantenerse leal a sus principios, errados o no, o dejarse llevar por la marea política.

El resto de personajes del pasado, todos ellos identificados con nombre y apellido, y de quienes se ubica y analiza su rol en los eventos, no suelen sobrepasar la dimensión propia de los caracteres incluídos en un tratado de historia. Es decir, apreciamos su rol, se nos informa de sus lealtades o traiciones, pero todo hecho desde la atalaya del análisis político. Ni siquiera Rómulo Gallegos, a quien sin dudas se trata en la novela con respeto y simpatía, pierde el carácter lejano e intocado de quien está más allá del bien y del mal.

Delgado Chalbaud, en cambio, forma parte integral del cuarteto de personajes esenciales al relato. Las tres mujeres que junto a él integran ese cuarteto, se reparten dos roles diferentes. Cleotilde y Candelaria fungen como narradoras de los acontecimientos, con una objetividad que no siempre permite distinguir una voz de la otra.

El tercer personaje femenino, Vera, es más un símbolo que un personaje literario propiamente dicho; al menos a lo largo de buena parte de la novela. La V inicial de su nombre no es casual. Ella es la Venezuela que a la vez atestigua y padece los efectos del trozo de historia desplegado en la novela. Cronológicamente, el testimonio de Vera se ubica muchos años después del accionar del resto de los personajes y sus intervenciones suelen recordar el papel del coro en las tragedias griegas. Este recurso clásico, utilizado por González Llovera, da paso a una voz colectiva por medio de textos que incluyen poemas y citas de otros autores, interpreta y cuestiona los acontecimientos y encarna, en fin, la Venezuela violada, gráficamente representada en la violación de la propia Vera.

Una novela en cuyas páginas revive una parte esencial de nuestra historia; con una prosa ágil que salta indetenible de un suceso a otro, sin ninguna concesión al aburrimiento.

El pueblo blanco de Olga Merino

Pueblo pequeño, infierno grande reza el refrán. No es un mal punto de partida para leer La forastera, de Olga Merino.

Un infierno grande que permanece en el tiempo, en un país del autodenominado primer mundo, España en este caso; pero esa España despoblada, de la que Joan Manuel Serrat hace un magnífico retrato en su canción Pueblo blanco. Una aldea en camino de desaparecer, como tantas otras que en Europa ofrecen casas a un euro, en un esfuerzo por esquivar el destino de convertirse en pueblos fantasmas.

Poblados que todavía conservan buena parte de la magia propia del mundo rural y que aún sufren la eterna terrofagia del latifundio. La presencia de fantasmas y creencias ancestrales aparece en La forastera no como un simple recurso fantástico, sino para apuntalar una cosmovisión que desafía las categorías racionalistas occidentales y  señalar  una realidad compleja y múltiple.

Merino introduce, además,  el escabroso tema de la soledad del individuo moderno y del suicidio recurrente e intergeneracional como su resultado. Una especie de marca genética de la depresión y el sinsentido de la vida. Lo que podría parecer un dato anecdótico, se transforma en un símbolo poderoso de la desesperanza y el sufrimiento que atraviesan los personajes. La recurrencia de estos actos trágicos sugiere una especie de maldición o destino colectivo que se entrelaza con las creencias y los fantasmas que habitan el imaginario local. El suicidio, en este contexto, no es solo un acto individual, sino una manifestación de las tensiones sociales, económicas y culturales que afectan a la comunidad, y que encuentran en la literatura un espacio para ser expresadas y comprendidas.

La forastera construyeuna anécdota en la que resuenan viejos temas de la novelística latinoamericana, especialmente aquellos  que exploran la ruralidad, las creencias populares, el latifundismo y las tensiones sociales que emergen de estas realidades. Temas que en este continente es posible rastrear desde la novela de la tierra hasta los textos que cultivan lo real maravilloso. Y no es casual que, como si quisiera pagar una deuda, Olga Merino haga alusión explícita a Juan Rulfo. Al fin y al cabo, escribe una novela cuya narradora regresa a su pueblo para desentrañar la muerte de su padre. De modo que, curándose en salud, se adelanta al lector y aclara ella misma la evidente relación de su historia con la de narrador de Pedro Páramo: “En la pared del desván, de punta a punta, he copiado con lechada de cal, letra por letra y con caligrafía de palo, el arranque del último libro que me prestó el cura: ‘Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera’. Me gusta mucho. En cambio, yo no fui consciente de que había llegado a la aldea precisamente para saber quién era mi padre.”

La forastera, en su construcción narrativa, dialoga de manera evidente con lo real maravilloso latinoamericano, una corriente literaria que se caracteriza por la integración de lo mágico y lo extraordinario en la realidad cotidiana, sin que ello suponga una ruptura con la lógica o la verosimilitud. Como suele suceder,  la naturaleza, la historia y la cultura se entrelazan para dar forma a una realidad  multifacética.

Este despliegue de tensiones anímicas, presencias que permanecen en el claroscuro entre lo racional y lo mágico, y la aparición de una naturaleza cuya función excede con creces el rol de mero paisaje, son todos elementos que exigen no poca poesía en su entramado verbal.

La forastera es una novela cuyo lenguaje se complace en la morosidad. Todo en ella avanza lentamente, puesto que sin descuidar los acontecimientos externos, a la narradora le interesa de manera primordial pasearse por el ánima y el ánimo de sus personajes.

Una novela, en fin, que  borda con lentitud un lienzo en el que convergen solo personajes dolientes. Un concentrarse en detalles que son a la vez extraños y poéticos: la rareza de un paisaje rural que resuena a éxodo; el abandono de los lugares donde hasta no hace mucho se originaba la vida y hoy sirven apenas de escenario a unas cuantas figuras fantasmales.

Un retrato de la ruralidad europea de hoy, contemporánea y triste.